domingo, 6 de abril de 2014

Claudio Naranjo: "Hay que dejarse en paz"













Tengo 71 años. Nací en Valparaíso 
(Chile) y vivo en Berkeley (California).Tengo la 
nacionalidad estadounidense. Estoy divorciado 
y tuve un único hijo que perdí con11 años. 
Soy psiquiatra, tengo estudios de música y filosofía. 
Soy el creador del instituto Seekers After Truth (SAT). 
Creo que la paz individual es la paz del mundo. 
Creo en Dios

-¿Qué dice usted? 
–Yo digo que somos seres "tricerebrados".
–¿No está siendo demasiado optimista? 
–Verá, dentro de nosotros hay una parte padre:
  jerárquica, impositiva.
 Otra parte hijo: instintiva. Y una parte madre, 
 que es la tribal y amorosa,pero que castra la 
 individualidad.
–¿La parte intelectual, la emocional y la instintiva? 
–Exacto. Lo complicado es armonizar los tres 
  cerebros, que no se produzca tiranía por 
  ninguna de las partes.
–¿Cómo armonizarlas?
–Haciendo nada.
–No me fastidie.
–Debe haber un abrazo entre esas tres partes
  interiores, y una de las posibilidades para 
  conseguirlo es a través del factor espiritual, de la 
  entrega del yo pequeño, de la renuncia a esa 
  necesidad de ser alguien...¿Entiende?
–Más o menos. 
–Hay que hacerse a un lado, abrir espacio 
  en uno mismo.
–Está pidiendo demasiado. 
–Lo sé, no es nada fácil. Debería crearse un 
  nuevo modelo educativo. 
  La educación no educa. La educación es un 
  malentendido. Cuando se dice que educar es 
  enseñar a leer y a escribir se están 
  confundiendo los medios con el fin. El fin debería
  ser el desarrollo de las personas y de su mente.
–Cualquier pedagogo diría eso.
–La familia humana es una estructura autoritaria. 
  El principio de la autoridad del padre es 
  incuestionable porque vivimos dentro de ese 
  sistema patriarcal que no tiene en cuenta la voz 
  del niño, cuyo potencial es castrado desde la infancia. 
  No es una familia democrática, ni se contempla la 
  felicidad como un fin de la cultura y del aprendizaje.
–¿Cómo hacerlo? 
–Hay que cultivar la sed que aparece en todos 
  los adolescentes. Es una sed de trascendencia, 
  de entender el universo y la propia vida, 
  ¿no la ha sentido?
–Sí. 
–En nuestra cultura no hay verdaderas respuestas, 
  están todas acartonadas. Como dice un amigo mío, 
  ya no llueve gracia en las iglesias. La cultura no 
  apoya esa inquietud. La insatisfacción es leída
  como una desventaja en lugar de honrarse como
  esa búsqueda de la verdad que es parte del ser humano.
–¿Propone alimentar las dudas?
–Propongo no dar respuestas hechas. No hay que vender 
  certezas, ni dogmas. Hay que despertar al buscador interior. 
  Lo importante es el camino, el proceso.
–¿Qué tal el suyo? 
–Yo estudié la carrera de Medicina por idolatría a la ciencia. 
  Buscaba conocimiento, pero perdí el entusiasmo cuando
  descubrí que en ese camino no había respuesta a los 
  misterios, que eran directamente negados.
–Insistió bastante, estudió tres carreras. 
–Acabé Psiquiatría, continué con mi carrera de Música, 
  pero sabiendo que la esclavitud del virtuoso era para mí 
  un exceso. La carrera de Filosofía no la terminé. 
  Comprendí que lo buscado es lo mismo que el buscador, 
  que existe una conciencia del yo profundo y que ahí 
  está la armonía.
–¿La vida es una búsqueda o un encuentro? 
–Para mí fue una búsqueda sedienta en demasía. 
  No me satisfizo el conocimiento, ni la vida familiar, 
  ni tampoco el amor. Me topé con una persona que 
  me influyó muchísimo, un escultor, Tótila Albert,
  al que le debo la idea inspiradora de mi trabajo
  sobre la trinidad interior.
–¿Qué le dio?
–Era un maestro de amor. Pero no en el sentido 
  convencional. Ese amor estaba, por ejemplo, 
  en la forma en que limpiaba los discos antes de ponerlos, 
  la forma cuidadosa con que hacía las cosas en 
  cada momento. Tenía calidad de ser y aprendí a reconocerla.
  Más que un aprendizaje, lo que le debo es una bendición.
  Es a través de comprensiones muy sutiles como nos construimos.
–¿Ha dejado de buscar?
–Sí, me dejo fluir. He tenido maestros de todas las 
  tradiciones orientales fundamentales, y lo que me han 
  transmitido es el sabor de una verdad que no tiene que ver 
  con el intelecto ni con la emoción. Si le tuviera que poner 
  un nombre, sería el sabor de la nada. Cuando uno se 
  vacía, le llegan todas las riquezas. En realidad, si tengo algún
  secreto, es simplemente el de confiar más en la vida.
–¿Y qué le abrió el corazón?
–La muerte de mi único hijo a los 11 años. Lloré sin parar 
  durante dos meses. Era una experiencia de intenso amor
  un poco retardado:  la tragedia de no haber estado por él 
  mientras lo tuve.
–Somos muy torpes.
–Ese llanto paró súbitamente un día en que hice una  
 clara reflexión: 
  "¿Estoy llorando por él?". Tenía claro que no, porque 
  sentía que él estaba mejor que yo. "¿Estoy llorando por mí, 
  por haberme quedado solo?"... Si era sincero sabía que no, 
  porque había pasado largas temporadas sin verle.
–Entonces, ¿por qué lloraba?
–Me di cuenta de que no había razón para llorar y empecé 
  a sentir una presencia suya mayor que cuando estaba vivo. 
  La felicidad sólo depende de un estado interior.
–¿Cómo se cultiva?
–No identificándose ni con los pensamientos ni con las 
  emociones. Idealizamos las pasiones: el orgullo, el amor. 
  Queremos ser héroes, victoriosos o vencidos, somos muy
  vanidosos. Las pasiones son intrínsecamente egoístas 
  y productoras de infelicidad. Hay que poner en paz a los
  animales que nos habitan. Hay que dejarse en paz.
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