jueves, 4 de julio de 2013

La dificultad en la relación de pareja: "Un amor que se pierde en una maraña de discusiones"

A la mayoría de las personas que vienen a mi consulta con dificultades en la pareja se les puede ver intacto el amor profundo que sienten hacia la otra persona por mucho que digan que apenas ya no sienten nada por el otro o que quieren romper (por supuesto, no estoy en contra de que nadie rompa una pareja, sino que hablo del amor que une a dos personas a pesar de las divergencias). El amor está al fondo intacto recubierto de una capa aislante, y con lo que se contacta diariamente es con una superficie amarga  donde habitan las discusiones perpetuas o las desavenencias que hace que nos distanciemos del otro de un modo físico o emocional, pero no del amor profundo que es algo mucho más puro. Es como si todo ese juego, esa guerra se produjese a nivel superficial, alejado de la verdad más real, el amor, el cariño profundo por esa persona que ha sido durante años nuestro compañero. Las desavenencias impiden sentir ese cariño, pero cuando se toca, cuando se bucea, y se llega a él, dejando a un lado por un momento todas las diferencias, se suele reconocer con facilidad, si hay honestidad. 
Cuando una persona sigue en pareja siempre es porque le compensa, de alguna forma recompensa, aunque nos cueste reconocerlo. Cualquier relación o mecanismo que no nos guste, se mantiene vivo porque recibe algo a cambio, si no compensase, ya no estaría en nuestras vidas. Muchas veces la otra persona nos puede ofrecer una estabilidad o una seguridad económica, una tranquilidad, una compañía, el miedo a la soledad, a la incertidumbre, a un futuro solos que nos da pavor enfrentar,…, lo que sea, es bueno reconocerlo, para verlo con más claridad.
¿Qué es lo que nos une a nuestro/a compañero/a a día de hoy?,  ¿qué es lo que nos separa y no somos capaces de aceptar?, ¿qué parte de nosotros no está trabajada y le metemos toda la carga a la otra persona?, el culpable siempre es el otro, no nosotros mismos. Es más sencillo ver los defectos y la culpa en el otro que en nosotros mismos.
Muchas veces se piensa que si el otro fuese y actuase como yo quiero, no tendría estos problemas. Simplemente con que se amoldase a mí, ya desparecería todo malestar, pero eso no es querer a la otra persona, es buscar sólo nuestro propio bienestar, y esto también es algo que cuesta ver. Estamos tan metidos en nuestras carencias que nos cuesta contactar con el otro.
Deseamos que la persona nos satisfaga, y ese deseo nos impide ver a la persona que tenemos delante.
Si se adapta a lo que tú eres y quieres, ya deja de ser el otro, se hace un fantasma de ti, pero él o ella, con su idiosincrasia, y su peculiaridad, ha desaparecido.
Muchas personas dicen: “Sólo con que renuncie a mí un poquito, ya me vale”, pero aunque sea en ese poquito, ya se ha perdido también un poquito la otra persona. La cuestión no es llevar al otro a mi terreno, y que pierda un poquito, sino facilitar la existencia de un acuerdo mutuo, en el que los dos ganen.
Existe mucha  dificultad en encontrar un consenso entre los dos miembros de la pareja, que las dos voces se hagan oír, tan válida es una como la otra, aunque generalmente lo que hacemos es lo contrario, intentar salirnos cada uno con la nuestra, anulando al otro.
Generalmente, en pareja,  las situaciones se ven  en blanco y negro, en extremos, o gano yo y pierde él, o pierdo yo y gana él, ¿por qué siempre tiene que haber un perdedor y un ganador?, ¿por qué no se llega a un consenso?, en el que como mucho, cada uno gana y pierde un poquito, o lo mejor que los dos ganemos. Si uno quiere ir a la playa y otro a la montaña, ¿qué tal si un día vamos a la playa y otro día a la montaña?, o, ¿qué tal si buscamos un sitio que tenga playa y montaña?, que los hay, o, ¿qué tal si vamos a otro sitio que nos guste a los dos y que no sea ni playa ni montaña?.
Le cuesta tanto al que siempre está acostumbrado a “ganar”, ceder, como al que se acomoda a “perder”, defender su lugar. Es un juego difícil para los dos, por eso siempre uno dirige y el otro afloja, pero a la larga esto suele generar desgaste, resquemor, e insatisfacción crónica. Carga a uno igual que al otro. Al que siempre tira, y en apariencias parece que “gana”, porque se hace lo que él quiere, le agota siempre dirigir, querría que las cosas fuesen de dos, de “dos”, pero siguiendo su deseo, y el que “pierde”, suele tener la autoestima baja, y necesita enfrentarse a ello, necesita responsabilizarse de su vida, y saber tirar hacia adelante. Éste es un juego eterno, que más que dar satisfacciones, desgasta.
En la pareja hay muchas variables a tener en cuenta. Otra es la intensidad con que se vive todo. Lo que de alguna manera, nos ocurre con todo el mundo, en la relación de pareja se vive, a veces, insoportable por la excesiva intensidad.
Si siempre hemos sido personas carentes de cariño, y necesitadas de un abrazo. Eso que siempre hemos demandado de forma anhelante en las relaciones personales de una forma más sutil, esperamos que cambie radicalmente con la pareja, creyendo que nos ofrecerá todo el bienestar que durante tiempo carecimos, así que la pareja ha de ser la pitonisa de turno, y con su bola de cristal imaginar todo lo que le gusta a la otra persona, para que sin que ella diga mucho, obtener todo lo que quiere. Es demasiada expectativa cargada en una simple y mortal persona que de poderes extrasensoriales no tiene nada, y que también tiene sus carencias, y demandará con la misma intensidad que la otra, así que están destinados a no encontrarse y desilusionarse, ya que si pides un 1000, y te dan un 100, es una decepción.
Cuando tenemos pareja nos creemos con el derecho de tener un chupete eterno que no nos puede decir a nada que “no”, algo que no ocurriría en otra relación cualquiera de amistad o familiar, así que la exigencia es total, y es tal la presión y las demandas de perfección a la que sometemos a la otra persona  que vivimos con terror el que nos pueda abandonar de agotamiento, así que el miedo a desilusionar y que nos desilusionen se vive intensamente, mezclado con exigencia, expectativas y demandas exageradas. El otro me tiene que dar TODAS las caricias que mi madre o mi padre no me dio, y esa es una carga muy pesada para la otra persona.
Generalmente se encuentran personas con un grado carencial parecido, eso no quiere decir que demanden del mismo modo, cada uno demanda a su manera, y la mayoría de las veces de forma muy diferente, para poder soportarlo, ya que dos que demandan de la misma forma, suelen no soportarse, así que al demandar de manera diferente, se toleran, pero también se aíslan, no se entienden, ya que, por otra parte, su lenguaje es distinto.
Si uno, por ejemplo, demanda espacio para ser, independencia en sus movimientos, y el otro pide cariño y apego para sentirse querido, entenderán el respeto y el bienestar de forma diferente. El chico, que es el que generalmente demanda más libertad y espacio para hacer lo que le guste, sin tanto apego ni contacto corporal, entenderá el cariño y bienestar cuando la otra persona le ofrece lo que él quiere, es decir más libertad y desapego, que le dejen estar con sus amigos, a su aire, sin tanto reproche… y sentirá el contacto prolongado (abrazos, caricias, besos…)  como algo  más intrusivo que la mujer que generalmente lo demanda de forma más intensa, con más necesidad.
El contacto lo viven de forma diferente (generalizo de esta forma, hombre o mujer, porque es lo que frecuentemente me encuentro en mi consulta, pero por supuesto que se da hombres necesitados de abrazos, y mujeres más desapegadas). Él no necesita el contacto tan continuado como ella, y la mujer, generalmente entenderá el cariño desde el contacto y el abrazo continuo, así que están predestinados a no entenderse, y muchas veces a creer que el otro no le respeta y no le quiere, si no le da lo que necesita. SE CONFUNDE  AMOR CON LA FORMA EN QUE UNO AMA. Si una persona no da caricias, y la otra las quiere, ésta última entiende que  NO LE QUIEREN si no es acariciada, y esto sí es una distorsión, porque no ve que CADA UNO QUIERE  A SU MANERA.




Generalmente las carencias las traemos de casa, y con ellas nos encontramos en pareja, dificultando mucho el encuentro real con el otro. Aquello que buscamos tan desesperadamente en otras personas es lo que no nos dieron de pequeño, y lo reproducimos en relaciones posteriores con amistades, con relaciones de cualquier tipo bien sea laborales, de amistad, con hermanos….., la diferencia con la pareja es la intensidad. Tiene una intensidad parecida a la relación primaria, a la de la madre, y aquello que no se vio cumplido con ella, se demanda en el otro. Así que la relación de pareja es una caricatura perfecta de aquello que nos ocurrió y nos ocurre en la vida en menor intensidad, y por ello más soportable. Lo bueno y lo malo en la pareja se vive más fuerte que en otras situaciones, por eso la pareja vale mucho como trampolín para trabajar toda nuestra vida. Es, en cierta manera, como si trabajásemos con la madre, que es la conexión más fuerte, más dolorosa, y más amorosa terapéuticamente hablando. Es como si trabajásemos con la madre pero actualizada, y ésa es una herramienta valiosísima para trabajarnos a nosotros mismos completamente, que es en definitiva lo que nos hará más libres y más felices, centrados para afrontar cualquier situación de la vida con cierta confianza y autoestima, lo que hará que actualicemos nuestras necesidades, sin volcarlas todas en la otra persona que consideramos como nuestra tabla de salvación, y que sin ella la vida no tiene sentido, aunque ni nos guste nuestra vida en pareja.
En el fondo de cualquier insatisfacción, de cualquier problema, estamos nosotros y nuestras dificultades. De lo que se trata es de encontrar recursos para vivir la vida de una forma más autónoma, sin tantas expectativas, y exigencias puestas en la otra persona que nos permita aflojarnos, y disfrutar más de la vida, tanto en pareja como libremente. La vida no se reduce a dos personas, es más extensa, es inmensa. Existe mucha gente, mucha diversión,…, y aunque nuestra pareja sea nuestro centro donde órbita todo, al menos que sea un centro nutritivo, no algo neurótico, una relación que te facilite la vida, no que te la empeore, es decir, lograr vivir más sueltos, más libres, más responsables de nuestra vida, menos dependientes y apegados, y en definitiva, que es de lo que se trata, disfrutar más de esa compañía sin tanta distorsión. La pareja puede ser un aprendizaje brutal para la vida.
Cuando hablaba de que existe un amor profundo en todas las parejas que yo haya visto, es así, eso no significa que esté a favor de que todas las parejas han de seguir juntas, y buscarse. Puedes amar mucho a una persona, y entender que ya no tiene sentido seguir juntas, o puede ser que al ver ese cariño latente todavía creas que merece la pena luchar por lo que hay. Eso depende de cada uno. De lo que sí estoy en contra es de estar juntos por estar, estar muriéndose en pareja. Si no se puede o no se quiere ver nada más, mejor pasar página, y buscar otra vida antes de continuar languideciendo absurdamente toda el tiempo al lado de alguien con el que te pasas el día peleado, en reproches continuos. Eso es una vida sin sentido, tirada.
También puntualizar que si una persona no trabaja sus carencias, repetirá una y otra vez sus neuras aunque haya cambiado de persona. En muchas ocasiones uno dice “¿cómo es posible que se me repita esto una y otra vez con diferentes parejas?. Si uno no cambia, es difícil que pueda cambiar el entorno. Atraes lo que eres. Primero hay que cambiar, y después te vendrá la persona adecuada a lo que eres.

Dori Pena Gayo – Psicóloga y Terapeuta Gestalt










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