sábado, 13 de diciembre de 2014

LA RELACIÓN ENTRE FRACASO ESCOLAR Y CARENCIA EMOCIONAL


Hoy en día muchos niños inteligentes fracasan académicamente, y no reaccionan ni prometiéndoles de todo. Es importante ahondar en la causa de tal fracaso: puede ser que lo que estudien sea explicado de forma aburrida y tediosa, y los niños de hoy en día son demasiado vivos como para asimilar la información de una forma tan arcaica; en otras ocasiones reflejan un problema emocional subyacente: niños con carencia emocional que necesitan de padre y madre y apenas tienen el contacto de los dos, dificultades de sociabilización en el colegio, separación de sus padres, nacimiento de un hermano, etc. . Hay que averiguar qué le está pasando, por dónde está transitando.


Cuando un niño tiene dificultades de tipo emocional, es muy fácil que esto se refleje académicamente. Para aprender, necesitamos estar vivos, interesados, curiosos y equilibrados emocionalmente. El estudio requiere concentración, y todos sabemos que cuando no nos encontramos bien, estamos más despistados, desorientados, menos motivados a realizar trabajos que requieren concentración y cierta disciplina, así que desde de mi punto de vista el equilibrio emocional es una variable a tener en cuenta si queremos tener cierto éxito académico.


Dori Pena Gayo – Psicóloga 

martes, 2 de diciembre de 2014

LA FALTA DE CONTACTO FAMILIAR PROVOCA PROBLEMAS DE COMPORTAMIENTO EN LOS NIÑOS


Hoy en día apenas hay tiempo para disfrutar de nuestros hijos. Ambos padres trabajan, y tienen el tiempo justo para dedicárselo a sus hijos. Es importante para la familia sustituir cantidad por calidad. Es necesario que se encuentre un momento al día para la charla, el respiro, el contacto… Con un poco de tiempo de dedicación real entre hijos y padres subsanaría mucho del malestar actual.

Generalmente detrás de un niño que demuestra problemas de comportamiento suele haber carencia emocional.

Hoy en día se invierte mucho esfuerzo y dinero para que los niños sean “grandes”..., sepan de todo, estén preparados para el futuro,   estudien idiomas, practiquen deportes, actúen, canten, bailen…. El deseo de muchos padres es que su hijo sea lo más completo posibles en actividades pero muchas veces se olvidan de lo esencial: el tiempo dedicado a no hacer nada, a relajarse, a lo espontáneo, al juego con los amigos lejos de tanta organización, al achuche tierno con la madre o el padre, a la charla de cómo le ha ido el día sin censura… al acompañamiento relajado sin tanta presión alrededor. 

He conocido niños con tal programa diario que hasta tenían actividades en domingo, los siete días de la semana, sin descanso.



Muchos pacientes niños lo único que desean es un poquito de tiempo al día con su padre o madre; y te rompe escucharlo porque son muy conscientes de su deseo, pero no lo expresan en casa, algunos por no agobiar más a su familia que ya la ve bastante agobiada, y otros porque no son tan conscientes o son más pequeñitos y no pueden elaborar con la misma conciencia su deseo, pero detrás de cualquier anomalía, suele haber bastante carencia.

Esta falta de contacto familiar  los niños lo exteriorizan con comportamientos difíciles de manejar para los padres, o bien se vuelven rebeldes tratando de llamar la atención de sus progenitores, o bien se vuelven extremadamente obedientes y contenidos, el típico niño bueno que no da problemas, pero que se le ve triste y serio, a veces con dificultades académicas por falta de interés, un niño desvitalizado. Su energía vital la contiene para no generar más problemas de los que ve a su alrededor. Sólo cuando se hace visible algún comportamiento de este estilo, los padres se paran a pensar que algo no va bien, frenan su ritmo y ponen atención a su hijo.


Dori Pena Gayo - Psicóloga




miércoles, 19 de noviembre de 2014

Colgados de los ansiolíticos (El país)

EL ESTADO DEL MALESTAR

Colgados de los ansiolíticos

El consumo de medicamentos psiquiátricos aumenta a pesar de que las patologías mentales permanecen estables

La tristeza no es una enfermedad. Sentir dolor por la muerte de alguien querido no es patológico. Y temblar cuando se habla en público por primera vez, tampoco. La vida no se puede tratar con pastillas y, sin embargo, cada vez recurrimos más a ellas para combatir lo que no es otra cosa que el simple malestar de vivir. En lugar de asumir por la mañana los nubarrones con un “buenos días tristeza”, corremos al médico para que nos recete antidepresivos. Y en lugar de encararnos con el jefe tóxico que nos acosa, corremos al psiquiatra en busca de ansiolíticos.
En 10 años se ha producido en España un aumento del consumo de medicamentos psiquiátricos que no está justificado. De hecho, la mayoría de las patologías mentales de causa endógena tienen una incidencia estable en el tiempo y similar en todo tipo de sociedades. Lo que sí puede aumentar es la incidencia de trastornos transitorios de carácter reactivo, la depresión causada por estrés, por ejemplo. Pero ni siquiera eso explica el aumento que se ha observado en la prescripción. No hay en España, país alegre y soleado donde los haya, por mucho que apriete la crisis, tanta depresión como indican las ventas de Prozac y otros antidepresivos. Ni se justifica que en las estadísticas de la OCDE, España figure en segundo lugar en consumo de tranquilizantes.
¿Qué ha propiciado este salto tan espectacular de lo que podríamos denominar psiquiatría de complacencia? La presión de la industria farmacéutica, con su estrategia de ganar mercados a costa de crear nuevos síndromes, es señalada por muchos autores como el desencadenante de la espiral medicalizadora. Resulta más barato y más lucrativo crear nuevos mercados para viejos principios activos reciclados como nuevos fármacos que encontrar nuevos tratamientos. Después de alertar en el British Medical Journal en 2002 (Selling sickness: the pharmaceutical industry and disease mongering), Ray Moynihan hurgó en varios libros e investigaciones los mecanismos que han llevado a etiquetar como enfermedades procesos que no lo son: desde la fobia social al síndrome de las piernas inquietas. La psiquiatría infantil, con el espectacular aumento del diagnóstico de autismo e hiperactividad, ha resultado el campo mejor abonado.
La presión de la industria farmacéutica es señalada por muchos autores como el desencadenante de la espiral medicalizadora
Pero aunque es fácil colocarle a la industria farmacéutica la etiqueta de villana, no es el único factor. Y en ocasiones, ni siquiera el más importante. Desde la salud pública se dice que somos lo que comemos, pero más que nada somos lo que pensamos. Autores como Byung-Chul Han o Zygmunt Bauman nos dan, desde la sociología y la filosofía, claves que ayudan a explicar mejor el fenómeno. Por un lado, como dice Han en La sociedad del cansancio,las consecuencias de dejar atrás la organización social disciplinaria, en la que si uno cumple con su deber podrá vivir satisfecho, para sumergirnos en la sociedad del rendimiento, cuyo paradigma es ese individuo exhausto por una competitividad autoimpuesta y sin límite que le obliga a estar siempre alerta y siempre en forma, y que percibe cualquier distracción o contratiempo como una amenaza para su carrera. Si fracasa, será por su culpa. Para Bauman, en estos tiempos hipercompetitivos, los que no siguen quedan excluidos, y eso crea mucha angustia. La gente ve la vida como el juego de las sillas, en el que un momento de distracción “puede comportar una derrota irreversible”. Y así es cómo, “incapaces de controlar la dirección y la velocidad del coche que nos lleva, nos dedicamos a escrutar los siete signos del cáncer, los cinco síntomas de la depresión, los fantasmas de la hipertensión o el colesterol, y nos entregamos a la compra compulsiva de salud”.
Todo eso, en el marco de una cultura que fomenta el consumismo y el individualismo hedonista, que produce individuos exigentes, impacientes y con escasa tolerancia a la frustración y que, como advirtió Daniel Callahan, director del proyecto Los Fines de la Medicina, del Hastings Center de Nueva York, esperan de la medicina aquello que esta no les puede dar. Esos individuos son muy vulnerables a la publicidad, abierta o encubierta, que les ofrece el recurso a las pastillas como el elixir mágico que les ayudará a construir una burbuja de felicidad, aunque sea inducida por la química.
La mayor parte de esa presión se canaliza hacia la consulta del médico de cabecera, que muchas veces solo tiene el talonario de recetas para hacer frente a tan perentorias demandas. Pero los medicamentos no son inocuos. Barbara Starfield, de la Universidad John Hopkins, señalaba ya en 2002 en To err is human que la iatrogenia de los tratamientos era la tercera causa de muerte en Estados Unidos. El problema es que, como indica Enrique Gavilán, médico de familia que ha investigado los procesos de medicalización, si no se hace un seguimiento adecuado, algunos de estos fármacos crean dependencia. Y ahí tenemos una nueva forma de hacerse adicto. Andreu Segura, especialista en salud pública, lamenta que la sociedad no sea consciente de que las pastillas pueden ayudar cuando son necesarias, pero también tienen efectos adversos, y eso es lo único que producen cuando se recetan sin justificación. Pero mientras nos excedemos en la prescripción en procesos que no son patológicos, hay al mismo tiempo muchos enfermos con verdaderas enfermedades mentales que ni siquiera están tratados. Para Antoni Bulbena, jefe del Departamento de Psiquiatría de la UAB, esa es la gran e injusta paradoja de este historial. Al final, unos sufren por demasiado medicados y otros por demasiado poco. 

domingo, 5 de octubre de 2014

Allen Frances: Un psiquiatra en pie de guerra contra la industria farmacéutica


«Vamos camino de ser una sociedad adicta a las pastillas». Allen Frances, una referencia mundial de la psiquiatría, sabe de qué habla. Tras dirigir el DSM-IV en 1994 el manual que establece qué es un trastorno mental y qué no, abre fuego contra quienes han elaborado la nueva edición. Asegura que la industria farmacéutica «ha ganado por goleada». 


Allen Frances
Allen Frances, nacido en Nueva York en 1942, es un psiquiatra con 47 años de experiencia. Fue decano de la Facultad de Psiquiatría de la Universidad de Duke y uno de los padres de los DSM. Asume su parte de responsabilidad en todo lo que critica.

Es uno de los padres de la psiquiatría moderna, pero se ha convertido en un renegado. Así ven a Allen Frances muchos de sus colegas. Y aún más los laboratorios farmacéuticos. Frances impulsa una cruzada contra el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, el influyente DSM-5, elaborado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría y considerado como la referencia mundial sobre enfermedades mentales.Supervisó la edición anterior (DSM-IV, publicado en 1994) y ya entonó el mea culpa porque, en su opinión, la industria farmacéutica consiguió meter baza para que se recetasen millones de pastillas a gente que no las necesitaba.

Ahora denuncia en su libro ¿Somos todos enfermos mentales? (Ariel) que el DSM-5, ya en vigor, es mucho peor...

XLSemanal. En una fiesta, usted se percató de que algo iba mal con el nuevo manual...

Allen Frances. Sí, era una fiesta de psiquiatras que trabajaban en su redacción. Estaban eufóricos... Después de una hora de charla con mis colegas, me di cuenta de que me podían diagnosticar cinco enfermedades mentales según los nuevos criterios. Y le aseguro que soy una persona de lo más normal.

XL. ¿Qué enfermedades?

A.F. Me encantan las gambas y las costillas. Y cada vez que pasaba un camarero con la bandeja cogía... Es un claro síndrome del comedor compulsivo. Además, se me olvidan los nombres y las caras, lo que puede considerarse como un trastorno neurocognitivo menor. Mis preocupaciones serían fruto de un trastorno mixto ansioso-depresivo. Soy bastante hiperactivo y despistado, síntomas de trastorno de déficit de atención adulto. Y la pena que siento por la muerte de mi esposa se puede diagnosticar como un trastorno depresivo... ¡Ah!, y todo eso sin contar las rabietas de mis nietos, que padecerían un trastorno desintegrativo infantil.

XL. Usted lideró la elaboración del manual anterior y ya fue muy crítico...

A.F. Sí. Y eso que fuimos muy cautelosos a la hora de introducir cambios. De hecho, solo aceptamos dos de los 94 nuevos trastornos propuestos. Pero no sirvió de nada. La industria farmacéutica buscó los resquicios para meternos varios goles. Y a pesar de nuestras mejores intenciones, hemos asistido a varias epidemias psiquiátricas en los últimos años.

XL. ¿Cuáles?

A.F. Trastorno por déficit de atención, autismo y desorden bipolar. Se ha diagnosticado a millones de personas, que ahora dependen de antidepresivos, antipsicóticos, ansiolíticos, somníferos y analgésicos. Nos estamos convirtiendo en una sociedad adicta a las pastillas. El 11 por ciento de los adultos y el 21 por ciento de las mujeres de los Estados Unidos tomaron antidepresivos en 2010; el 4 por ciento de nuestros niños toman estimulantes; el 25 por ciento de los ancianos en asilos han tomado antipsicóticos. Hay más visitas a urgencias y más muertes a causa de los medicamentos que por culpa de las drogas ilegales compradas en la calle. Las compañías farmacéuticas pueden ser tan peligrosas como los cárteles de la droga.

XL. ¿Los laboratorios presionan a los que redactan el DSM?

A.F. No directamente. Pero siempre están a la expectativa, buscando entre líneas las oportunidades de negocio. Aprovechan cualquier ambigüedad, cualquier trastorno no suficientemente definido... Y luego tienen un marketing muy potente que dirigen a los pacientes, con anuncios en televisión, revistas, Internet; y también a los médicos de atención primaria. El 80 por ciento de las pastillas las recetan médicos de cabecera después de una consulta de siete minutos.

XL. ¿Y qué cree usted que va a pasar?

A.F. El nuevo manual ha introducido muchos trastornos que en realidad son las reacciones normales de la gente normal a las vicisitudes de la vida. El resultado es que habrá nuevas epidemias psiquiátricas. Y eso se traducirá en un consumo excesivo de fármacos que pueden ser muy dañinos, además de caros. La triste paradoja es que se está medicando a mucha gente que no los necesita. Y no se trata a los que de verdad los necesitan. En los Estados Unidos tenemos a un millón de enfermos mentales en las cárceles.

XL. Pero los DSM tienen un prestigio enorme...

A.F. Hasta los años ochenta eran unos libritos que no leía casi nadie. Pero llegó el DSM-III, un libro muy gordo que se convirtió en un superventas y a partir de entonces estos manuales se consideran la biblia de la psiquiatría.

XL. ¿Por qué?

A.F. Porque tienen un gran impacto en la vida de las personas: señalan a quién se considera sano y a quién enfermo, qué tratamiento se aplica, quién lo paga, quién recibe prestaciones por invalidez, a quién se contrata, quién puede adoptar un niño o quién puede contratar un seguro; si un asesino es un criminal o un enfermo mental, qué indemnizaciones corresponden en un juicio...

XL. ¿Cuáles serían los principales errores del nuevo manual?

A.F. El peor es convertir el duelo normal por un ser querido en una depresión grave. Si pasas más de dos semanas melancólico y sin apetito, ya se puede diagnosticar y recetar medicación. Me parece una ofensa a la dignidad. Todos los seres humanos, incluso muchos mamíferos, experimentan el sentimiento de pérdida.

XL. ¿Alguno más?

A.F. Las lagunas de memoria propias de la edad se convierten en un desorden neurocognitivo. Y, por tanto, una tentación para el abuso comercial.

XL. Pero algo ayudarán las pastillas...

A.F. No hay tratamiento preventivo para las demenciales seniles. No es algo que se solucione con pastillas. Pero creemos que son la panacea y nos acostumbran a ellas desde niños. Para tratar los berrinches infantiles, por ejemplo. ¿Nuestros hijos están más perturbados que los de generaciones anteriores o son víctimas de los intereses comerciales de los laboratorios?

XL. No lo sé. Dígame usted...

A.F. Los niños son muy difíciles de diagnosticar. Influyen factores como la madurez o el desarrollo. Los más jóvenes de clase son los más propensos. Un niño puede parecer muy alterado esta semana y mucho más tranquilo a la siguiente. Deberíamos ser muy cautelosos en el diagnóstico. Y los padres deberían buscar segundas opiniones. Los psiquiatras infantiles a menudo son muy osados y los niños acaban pagando el pato. Según un estudio, el 83 por ciento de los menores de 21 años cumplían los requisitos para que les fuera diagnosticado un trastorno mental. Con el nuevo manual, esta cifra se puede aproximar al cien por cien.

XL. ¿No exagera?

A.F. La historia de la psiquiatría es una historia de modas en los diagnósticos. Las modas vienen y van. De repente, todo el mundo parece tener el mismo problema. Luego, la epidemia pasa y ese diagnóstico desaparece de la circulación. En el pasado se diagnosticaron miles de casos de vampirismo, de posesión diabólica, de neurastenia... Las modas dependen de la combinación de una idea que parece plausible y de nuestro instinto gregario de imitación.

XL. ¿Le preocupa que algunos aprovechen su mensaje para arremeter contra la psiquiatría?

A.F. Yo creo en la psiquiatría. He tratado a miles de pacientes que se han beneficiado. Lo que me preocupa es que la psiquiatría exceda su ámbito de competencia. Un buen diagnóstico y un tratamiento cuidadoso salvan vidas y las mejoran. Pero un exceso también hace mucho daño. Y, a la larga, la gente puede perder la fe en la psiquiatría y no buscar tratamiento, lo cual puede ser fatal.

XL. ¿Y qué se puede hacer?

A.F. Creo que es muy importante defender la normalidad y también la psiquiatría. Tenemos que controlar mejor el sistema de diagnóstico. Y controlar a los laboratorios. Hace falta más psicoterapia para problemas menores y sobra medicación. Necesitamos mecanismos para vigilar los nuevos diagnósticos de manera tan escrupulosa como se hace con los nuevos fármacos. Y debemos gastar mucho más dinero para tratar a las personas realmente enfermas. En los Estados Unidos se han perdido un millón de camas psiquiátricas en el último medio siglo. Estos pacientes han sido abandonados por el sistema.

XL. ¿Dónde trazamos la línea de lo que es normal?

A.F. La mayoría de nosotros somos bastante normales. Lo que pasa es que somos diferentes. La naturaleza es sabia. Ha tirado los dados billones de veces y sabe que la diversidad es la mejor apuesta para sobrevivir a largo plazo. Los humanos no somos tan sabios. Tenemos una tendencia bastante idiota a jugarnos el futuro a una sola carta.

XL. Explíquese...

A.F. Piense en la agricultura y la ganadería modernas. Nuestra fuente de alimentos depende ahora de un enorme monocultivo global de plantas y animales genéticamente homogéneos. No hemos aprendido nada de la hambruna irlandesa de la patata. Una plaga agresiva y pasaremos hambre.

XL. ¿Y qué tiene que ver eso con la industria farmacéutica?

A.F. Mucho. Los laboratorios están decididos a formar un solo monocultivo humano, un hombre estándar. Cualquier diferencia humana se convierte en un desequilibrio químico que hay que tratar con una pastilla. Transformar las diferencias en enfermedades es una de las mayores genialidades comerciales de nuestro tiempo, a la altura de Facebook o Apple. Pero es muy peligroso y muy dañino. La diversidad humana tiene alguna utilidad. Nuestros antepasados triunfaron porque en la tribu coexistían varios talentos. Había líderes narcisistas, seguidores felices de depender del líder, paranoicos que detectaban los peligros, personas obsesivas que hacían bien su trabajo, exhibicionistas que conseguían pareja...

XL. ¿Entonces estamos todos un poquito 'pirados'?

A.F. Darwin decía que si éramos capaces de sentir tristeza, ansiedad, pánico, disgusto o rabia, ello se debía a que todas esas emociones nos ayudan a sobrevivir. Necesitamos llorar la pérdida de seres queridos o nunca los habremos amado de verdad. Necesitamos preocuparnos de las consecuencias de nuestros actos o nos buscaremos problemas. En fin, lo que hacemos siempre lo hacemos por alguna razón...

XL. ¿Se ve usted como una especie de oráculo al que pocos hacen caso?

A.F. Sé que formo parte de una minoría. Pero considero que no es una batalla perdida. Hace unos años, la industria tabaquera era igual de poderosa que la farmacéutica. Además, nuestra causa es justa.

XL. ¿Qué le diría a sus colegas?

A.F. Que se acuerden del juramento que hicieron. El legado de Hipócrates es hoy tan válido como hace 2500 años: sé modesto, conoce tus limitaciones y no hagas daño.

Cinco enfermedades que no lo son... 

... «y que se pondrán de moda», alerta Frances. Sus 'síntomas' son parte de la vida cotidiana y no tienen ni una definición precisa ni un tratamiento eficaz.

Duelo por la pérdida de un ser querido. Durante un tiempo, la gente experimenta, en su proceso de duelo, los mismos síntomas de la depresión. Tristeza, pérdida de interés, falta de sueño y apetito, disminución de la energía y dificultades para trabajar son la imagen clásica de la pena profunda. Un trastorno depresivo mayor no se debería diagnosticar si la persona no tiene ideas suicidas o delirantes ni presenta síntomas graves, prolongados e incapacitantes».

Rabietas de los niños. Lo han bautizado como trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo... Se convertirá en un cajón de sastre para medicar a niños que no lo necesitan, dependiendo de la tolerancia del médico, la familia o el colegio a estos niños 'incómodos'. Un berrinche es una forma de expresar rabia o angustia. Casi nunca es señal de un trastorno. Las rabietas comunes es mejor ignorarlas. Las persistentes pueden requerir una valoración».

Problemas de memoria en la gente mayor. Los mayores olvidan dónde han dejado las llaves o las gafas. La pérdida de capacidad mental es ya una afección: trastorno neurocognitivo menor. Califica a gente que no sufre aún demencia, pero que, al mostrar signos de deterioro, podría desarrollarla en el futuro. Lo defendería si hubiese una terapia preventiva, pero no existe. Sí habrá un boom de tomografías, punciones lumbares y medicaciones. La industria médica hará su agosto».

Falta de concentración. El trastorno por déficit de atención, que prolifera entre los niños, también causará una epidemia en adultos. Se diagnosticará a gente insatisfecha con su capacidad de concentración, a universitarios en época de exámenes, a gente que necesite mantenerse alerta muchas horas, a camioneros... Abre la puerta para recetar estimulantes que mejoren el rendimiento, y también con fines recreativos: un coladero para el mercado ilegal».

Glotonería, obesidad. Se llama trastorno por atracón. Basta con darse una comilona a la semana durante tres meses para padecer esta supuesta enfermedad. Lo padecería el cinco por ciento de la población, pero su diagnóstico se disparará en cuanto el público y los médicos sean 'educados' por la industria farmacéutica. Sería una respuesta a la epidemia de obesidad, pero esa epidemia no es fruto de un trastorno psiquiátrico, sino de los malos hábitos alimentarios».
PARA SABER MÁS

¿Somos todos enfermos mentales? Allen Frances. Ed. Ariel, 2014. DSM-5. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, de la American Psychiatric Association. Disponible en www.dsm5.org.

jueves, 25 de septiembre de 2014


Entrevista a Carl Honoré: "El tiempo de ser niño"


“Criar un hijo debería ser un viaje, tomar su mano y decir: vamos a descubrir quién eres tú, con todo el misterio, la incertidumbre, la alegría y las lágrimas”, dice Carl Honoré. Para avanzar en esta dirección, se necesita reducir la velocidad y propiciar momentos de silencio, que inviten a mirar dentro y buscar los propios recursos. Y la escuela deberá abrir puertas y enseñar a los niños a amar el aprendizaje, a hacer preguntas para que cada uno encuentre su camino. Así, el paso de la infancia a la edad adulta será un tránsito más fluido.

Carl Honoré
¿Cómo valora la evolución de la infancia en las últimas décadas?
Para mí el rasgo más significativo es el control del adulto de los más mínimos detalles en la vida del niño. Nuestra sociedad oscila entre hacer demasiado y hacer poco. Por un lado, los cuidamos y protegemos con una energía sobrehumana, preparamos su futuro, creamos una imagen perfecta de lo que debe ser un “niño perfecto”, un “super-niño”. Por otro, no somos capaces de imponer disciplina. Los padres, en particular, hemos perdido la capacidad de decir no. Pasamos mucho tiempo educando a nuestros hijos, enseñándoles cosas, llevándolos en coche de una actividad a otra, del fútbol al tenis o a piano, pero no el suficiente estando, simplemente estando, con ellos, escuchándolos, jugando, charlando. Hay algo claustrofóbico e intensamente paranoico en las relaciones con los hijos.


¿Cuáles son las causas de esta situación?
Han confluido en ella un conjunto de tendencias históricas. Una de ellas es la globalización de la economía. El mercado de trabajo es ahora más inestable. Antes los empleados eran para toda la vida, salías de la universidad y te colocabas inmediatamente. La incertidumbre genera mucha ansiedad y esto se manifiesta en un impulso por equipar a los niños para el futuro, que resulta excesivo. La incertidumbre y la ansiedad están en los discursos políticos, en las conversaciones de los padres, en las escuelas. Y la cuestión es cómo equipar a los hijos y con qué. La segunda tendencia es la cultura del consumismo, que ya existía en el siglo XX, pero que ha alcanzado su apoteosis en los últimos años, infectando todos los rincones de nuestra cultura y colonizando nuestras vidas. El consumismo aumenta las expectativas, nos impulsa a quererlo todo perfecto. Queremos dientes perfectos, cuerpos perfectos, una cocina perfecta, perfectas vacaciones y también un hijo perfecto que encaje en la familia perfecta. No es suficiente que un niño juege dando patadas a un balón. Tiene que estar en un equipo y si es posible en la liga. Es todo o nada.

Luego están los cambios demográficos…
Sí, las familias de hoy son las más pequeñas de la historia. Nos casamos a edad avanzada y las mujeres son madres, por primera vez, a los 39. Todo esto genera ansiedad y preocupación. El simple hecho de tener un hijo se convierte en algo muy importante, un enorme esfuerzo, una gran inversión de tiempo y dinero. Con un único hijo, te lo juegas todo a una carta. Nunca tienes la experiencia de lo diferentes que son los niños ni de lo limitada que puede ser tu influencia sobre ellos. Para moldearlos, les aplicamos la cultura del management y los resultados son que nos profesionalizamos como padres y perdemos el contacto con nuestro instinto natural. Hay mucho miedo y mucha presión del entorno para que lo hagamos muy bien, leamos muchos libros, compremos juguetes muy caros, con mucha tecnología y los llevemos a actividades con expertos, cuando, por el contrario, la ciencia nos dice que el juego, el juego espontáneo, es lo más apropiado para desarrollar el cerebro infantil.

¿Diría que hay sólo una forma de ser niño o varias?
La globalización nos promete aumentar nuestras posibilidades de elección, pero en realidad las está restringiendo. Hoy puedes dormir en el mismo hotel en Barcelona, Londres, Berlín o Tokio. La gente sigue la misma moda en Corea del Sur y en Andalucía, escuchan música en idénticos Ipod. Y lo mismo ocurre con la infancia, hemos creado un ideal estándar del niño perfecto: muy organizado, muy ocupado, siempre haciendo cosas controladas y supervidadas por adultos. Por eso escribí Bajo presión: quería poner en cuestión la idea de un niño único. Crecer no tiene por qué ser una carrera; algunos leerán más pronto, otros serán muy buenos jugando al fútbol y luego perderán interes por este deporte. Cada persona tiene su propio ritmo. La vida moderna impone a todos un ritmo muy rápido y no acepta el error ni el fracaso. Esto crea una atmósfera de ansiedad y miedo que no es saludable. La infancia es un espejo, refleja lo bueno y lo malo de cada sociedad.

Ese niño estandarizado, ¿no parece más bien un adulto?
Es verdad, en cierto sentido los niños se han “adultizado”, pero en otro están más infantilizados. Digamos que se va en las dos direcciones. Por un lado, les presionamos para que sean adultos cada vez más pronto: surfean en google y ven pornografía a los siete años, tienen agendas muy apretadas. Por otro, les infantilizamos, tememos lo que pueda ocurrirles, no les dejamos asumir riesgos, ni salir a la calle o ir solos ala escuela ¡hasta los 29¡ Los mantenemos en una burbuja. La infancia se ha vuelto demasiado valiosa para dejársela a los niños; queremos controlar, medir, mejorar. La infantilización y el management son dos aspectos de lo mismo. Antes de la aparición de la escuela, los niños eran muy adultos. La infancia es un constructo moderno, un producto de nuestra cultura.

Que no existe en otras partes del mundo…
Efectivamente, los niños de la calle en Brasil o India llevan vidas de adultos, aunque también son niños. Necesitan satisfacer necesidades básicas de alimentación, salud, hogar, educación. ¿Debemos exportar nuestro modelo de niño occidental? La respuesta es no, porque no funciona. De mi experiencia en Sudamérica, recuerdo que tienen una chispa increíble y una sorprendente capacidad para jugar, reír, ser independientes y crear; son muy inteligentes, muy capaces de sobrevivir. Tienen mucho que enseñarnos. Disponen de tiempo para vagar por las calles pero, claro, deberían ir a la escuela. Sin embargo, hay cosas positivas en esa libertad. Hemos creado dos tipos de niños: unos están excesivamente controlados, sobreprotegidos y consentidos, y otros no tienen ningún control, ninguna protección y no reciben ningún mimo. Deberíamos equilibrar la situación, dar más espacio y tiempo a los niños occidentales y más alimentación, salud y escuela a los del tercer mundo, respetando su libertad.


¿Cuáles son las consecuencias de este modelo de infancia?
Las estamos viendo. Los maestros se quejan de niños “problemáticos”, que son incapaces de resolver los conflictos porque nunca han podido juntarse con cuatro o cinco amigos sin que un adulto dirija y controle su juego. Así que no han desarrollado esa habilidad. En los campus universitarios, jóvenes a quienes nunca les han permitido asumir sus responsabilidades se sienten incapaces de enfrentarse a todo. Los móviles se han convertido en el cordón umbilical más largo de la historia y los padres continúan dirigiendo a sus hijos, incluso para elegir un empleo. Si el objetivo de la paternidad es ayudar a los hijos a ser autónomos, estamos fracasando. Y sin embargo, la economía necesita personas capaces de pensar libremente, de asumir riesgos y desafíos, de emprender. ¿Cuál es el beneficio de criar una generación que sólo sabe seguir las reglas y entrar en el molde, en lugar de pensar fuera de él?

Una generación que no ha vivido su infancia plenamente…
Que ha perdido la alegría de ser niño. Nos estamos privando de ese sonido mágico que es la risa de los niños. Esa increible capacidad infantil para jugar y sumergirse en un mundo inventado: “ver el mundo en un grano de arena y sostener el infinito en la palma de tu mano”, como decía William Blake. Hace poco ví una viñeta estupenda en el New Yorker magazine. Una pareja contempla a su hijo recién nacido, y uno de ellos dice: “¡Oh mira, va a ser abogado¡”. Es sólo un bebé, pero ya lo ven como un proyecto. Criar a un hijo debería ser un viaje, cogerlo de la mano y decir: “vamos a descubrir quién eres”, con todo el misterio, la incertidumbre, la alegría y las lágrimas. Pero si decides que tu hijo irá a Oxford, será abogado y trabajará en el City Bank, ¿dónde está la magia? Tal vez él quiera ser músico, arquitecto o periodista. En España, una cifra record de universitarios abandonan en el primer año de carrera. Quizás, por primera vez en su vida, pueden plantearse: “¿quién soy yo y qué hago en empresariales?” Y descubren que quieren ser enfermeras o fotógrafas.

¿Construirse uno mismo no es una característica de la edad adulta?
Los conceptos de infancia y adultez deberían ser más fluidos. La definición básica del adulto es la de alguien que dirige su vida. Con los niños hay un límite porque no tienen las mismas capacidades a los dos años que a los quince. Pero gradualmente, al ritmo adecuado para cada persona, los padres deberían ceder el contro, darles la responsabilidad de tomar sus propias decisiones.

¿Cómo sería una infancia “lenta”?
Es una especie de equilibrio. No estoy abogando, en absoluto, por el laissez faire. Los niños necesitan estímulo, presión, competición, estructura. Pero sólo de vez en cuando, no siempre. También necesitan espacio para explorar el mundo a su manera, a su ritmo, para crear, inventar, incluso para aburrirse. Hoy nos aterroriza el aburrimiento. Vivimos en una “cultura del hacer” que no contempla la posibilidad de ir despacio, de parar, incluso de no hacer nada. Estamos continuamente ocupados, corriendo en pleno ruido electrónico. Nadie disfruta de unos momentos de silencio. Esto crea una presión artificial, innecesaria. Se necesita tiempo para mirar hacia dentro, a tus propios recursos, para atravesar el aburrimiento y crear. También los adultos necesitamos relajarnos, repensar nuestra relación con el tiempo. Cuando reducimos la velocidad, somos capaces de sentir con mayor claridad. Y si sientes más, piensas y te angustias menos.

¿Qué hace usted cuando tiene prisa?
Antes solía ir siempre corriendo y mirando el rejoj. Ahora aún hago muchas cosas deprisa, pero ya no me estreso. Y si me sucede alguna vez, me paro y me digo a mi mismo ¿por qué vas tan rápido? ¿lo necesitas realmente o te han contagiado el virus de la prisa? Y si no hay ninguna razón, simplemente reduzco la velocidad. Es muy diferente y haces muchas más cosas. La paradoja de ir más despacio es que te vuelves mucho más productivo. El cerebro humano sólo puede concentrarse adecuadamente en una cosa cada vez. Intentar hacer varias, al mismo tiempo, es ineficiente e improductivo.

¿De verás tienes más tiempo?
Sí, y puedes sentirlo, no es sólo que tengas más espacio en tu agenda, es que el tiempo no pasa tan rápido y puedes hacer las cosas que quieres. Yo cuido de mis hijos por las tardes; ayer, después de la escuela, fuimos a la piscina. Despacio es más fácil.

¿La tecnología acelera nuestras vidas?
En realidad, la tecnología es una herramienta muy útil, una fuente de información y conocimiento increíble. Pero se convierte en un problema cuando los niños pasan seis o siete horas diarias deltante del ordenador. Algunos tienen 400 amigos en Facebook, y ni uno solo para ir a jugar al parque. Hay que encontrar el equilibrio.

Una tarea difícil. Muchos padres y educadores ya han tirado la toalla.
Es algo nuevo, aún estamos creando normas y protocolos para usar mejor la tecnología. Pero hay que poner límites. Los niños necesitan jugar de verdad, no con la Nintendo; necesitan amigos reales. Reflexionemos sobre la forma en que utilizamos la tecnología en la familia y en la escuela. Seguro que podemos hacer algo. Pongo un ejemplo, aunque no tenga relación con la infancia. El primer ministro inglés, David Cameron, en la primera reunión de su gabinete, prohibió el uso de Smartphones, móviles, Ipod, Blackberrys, etc. Sin aparatos, las sesiones son más creativas y productivas. Y si los ministros, todos hiperactivos, personalidades tipo A, adictos al Blackberry, quirúrgicamente conectados al Iphone, son capaces de apagarlos durante dos horas, ¿cómo no vamos a poder hacerlo en la escuela?

¿Los profesores ven también a los niños como proyectos?
El sistema escolar forma parte de uan sociedad muy controladora que no deja espacio para descubrir quién eres realmente, para crear. Hay continuos exámenes, calificaciones y datos que memorizar.

Pero una escuela sin exámenes…
Los exámenes responden a las necesidades de control, de certidumbre. A los políticos les encantan las cifras, las comparaciones, las clasificaciones: tal número de niños españoles ha obtenido tales resultados. Y puede ser muy útil, pero son una herramienta limitada. Crean una especie de ilusión, cuando en realidad no dicen mucho sobre las habilidades y aprendizajes reales. En los últimos años, la escuela se ha obsesionado con las evaluaciones, como si fuesen la única medida del valor de los alumnos. Y la presión empieza ya a los seis años. Pasamos demasiado tiempo clasificándolos en grupos de habilidad, seleccionando a los mejores, cuando los niños evolucionan a diferentes ritmos, cambian de un año para otro. Meterlos en cajas los limita. Con el exceso de exámenes se pierden muchísimos talentos; es como si les repitieras “no eres bueno, no vas a conseguirlo”.
¿Cuál sería, entonces, el papel de la escuela?
La escuela debe abrir las mentes en lugar de cerrarlas, exponer a los niños al mayor número de ideas, de formas de pensar, a los mejores conocimientos. Enseñarles a amar el aprendizaje, a interesarse por las cosas, a hacer preguntas y ser curiosos. Ayudar a cada niño a encontrar su camino, a descubrir sus gustos y sus capacidades. Necesitamos una escuela abierta que ofrezca a todos las mismas oportunidades. No creo que su función sea formar a los chicos para los mejores empleos. Eso viene más tarde. Deberíamos preparar al mayor número de personas para que realicen todo su potencial, que sean capaces de pensar creativamente, de trabajar en grupo, en red, de resolver problemas de manera interdisciplinaria. Lleva tiempo cambiar un sistema tan complejo como el educativo; es un proceso largo, pero necesario.
¿Se plantearía eliminar el currículo y dar más libertad a las escuelas?
Sí, pero manteniendo algunas estructuras. El currículo oficial puede reducirse a algunos puntos esenciales. En el mundo atomizado en que vivimos, los estados necesitan conservar un cuerpo de conocimientos comunes, una base sólida, accesible a todos. Por ejemplo, una historia nacional que los ciudadanos conocen y comprenden, algunas bases en matemáticas, en ciencias… El resto, lo dejaría libre para que la escuela y el profesor elijan las modalidades, el momento adecuado. La flexibilidad permite adaptarse a cada niño, a cada familia, a cada comunidad. Esto sucede ya en algunos países, como Finlandia. Los sistemas educativos que mejor funcionan en el mundo son los que están más descentralizados. Afortunadamente, hay cambios positivos en todas partes.

¿Puede citar algunos ejemplos?
Hace unos meses, en Canadá, abrieron la primera guardería al aire libre, algo como un jardín secreto que vas a visitar. Hay que tener en cuenta que allí las temparaturas pueden bajar hasta menos 20 grados. El año pasado, Toronto se convirtió en el primer estado de Norteamérica que ha impuesto límites estrictos a los deberes en todos los cursos. Y otros estados se están planteando hacer lo mismo. Aquí en Inglaterra, el ministro de educación se propone dar más libertad a las escuelas y a los profesores. En todas partes, los padres crean grupos para reflexionar sobre la forma de educar.
¿Cree que su libro puede tener algo que ver?
Puede ser, pero la crisis también influye. Con menos dinero, las familias comen más en casa, compran menos juguetes tecnológicos, gastan menos en actividades extraescolares. Y hay una especie de movimiento cultural del que mi libro forma parte. Algunas personas me escriben diciendo que lo están utilizando para repensar su escuela o su familia… Es agradable sentir que lo que escribes tiene un efecto sobre la gente.
  
Fuente: Cuadernos de Pedagogía. Nº 407 diciembre 2010.




domingo, 27 de julio de 2014

Entrevista a Joan Garriga (La Vanguardia)

El psicólogo cree que no se puede proteger nunca a nadie de la realidad de las cosas

"La vida tiene su voluntad y hace lo que le da la gana"

El terapeuta Joan Garriga publica 'La llave de la buena vida', un relato sobre cómo afrontar pérdidas y ganancias y el legado que dejamos a nuestros hijos

Vida | 19/03/2014 - 00:04h | Última actualización: 21/03/2014 - 14:54h
Joan Garriga es uno de los directores del Instituto Gestalt Gabriel Muñoz
Albert Domènech
ALBERT DOMÈNECH | Sigue a este autor en Twitter
Barcelona Periodista
Un padre y una madre cuyo hijo va a cumplir dieciocho años deciden hacerle un regalo especial: una llave de la vida con tres dientes que sirva para abrir todas las puertas que se encuentre durante su camino. Con este relato empieza Joan Garriga su nuevo proyecto literario, La llave de la buena vida, un libro a caballo entre la observación terapéutica y la reflexión espiritual que se centra en qué recursos tenemos para manejar tanto lo que la vida nos da como lo que nos quita. El terapeuta expresa que todos tenemos tres recursos esenciales para avanzar adecuadamente en nuestro viaje existencia: la verdad, la valentía y la conciencia. Tres resortes que conducen al crecimiento y a la felicidad personal, pero que también están asociados a grandes desaciertos que, según Garriga, deben evitarse: la falsedad, la cobardía y la inconsciencia. El libro es argumentado en todo momento en base a una de las sentencias más conocidas de San Agustín: “La felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos da y en soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita”.

-Cada uno de nosotros tiene una percepción distinta de lo que es la buena vida. ¿Hay una idea unificadora?
-La buena vida es, en realidad, una reflexión filosófica muy arcaica ligada a los estoicos sobre en qué consiste el buen vivir. Si acudimos a la superficie de las cosas hay gente que dirá aquello que decía Groucho Marx: “La buena vida significa ser feliz, y ser feliz se compone de pequeñas cosas como una pequeña mansión, un pequeño yate, etc”. Es cierto que a este nivel más superficial habrá quien diga que la buena vida es tener dinero, buena salud, etc. No se equivocan, está claro que uno vive mucho mejor si tiene salud, un buen trabajo, una buena red afectiva, etc. Pero esta es sólo una parte de la vida.

-Hábleme de las otras.
-Hay una parte muy interesante que es la que va unos centímetros más allá de la superficie de la piel. Allí dentro es donde nos tocan las cosas que son plenamente relevantes en el viaje de una vida. Si preguntas, verás que hay mucha gente que te dirá que lo que más feliz le ha hecho es poder dar vida a un hijo y ayudarlo a crecer, por ejemplo. Otros dirán que tienen una buena vida porque tienen una buena pareja. Aún así, la gente se tiene que enfrentar a enfermedades de sus hijos, a perder una pareja, etc. Es decir, la vida es una danza de expansión y retracción, de ganancias y pérdidas.

-¿Estas ganancias y pérdidas son construcciones de nuestra mente, o son reales?
-Son reales; lo que sucede es que nuestra mente interpretará un determinado hecho como ganancia o como pérdida. Desde una visión más terapéutica puedo asegurar que en el trasfondo de muchas problemáticas hay pérdidas que no se han asimilado.

-Interpreto que las pérdidas son mucho más complejas de asimilar que las cosas buenas que nos pasan…
-Perder un hijo, una pareja, un trabajo, unos padres, la salud o una identidad vieja son procesos muy difíciles, y es aquí cuando se ponen en marcha una serie de engranajes emocionales para hacerlo posible y, aún así, hay mucha gente que no se rehace de una pérdida. Son personas que viven más conectadas a la pérdida que a la vida. También es cierto que hay gene que se pierde a sí misma en las ganancias: personas que se identifican más con sus éxitos, con sus roles, con el tener más que con el ser, con el parecer más que con el ser. Esta gente también corre el riesgo de perder la conexión con su esencia más genuina y estar demasiado identificada con los roles que le toca representar.

-¿Cuál de los dos extremos nos puede acabar fortaleciendo más como personas?
-Las dos cosas forman parte del juego de la vida y nos visitan, inevitablemente, en algún momento de nuestra existencia; aunque, es cierto que, sin ganancias o sin expansión, la vida se pondría muy pobre, por lo que ambos aspectos son necesarios para el crecimiento.  Es como la educación de los padres que requiere de dos brazos: uno para dar y otro para poner límites. La vida requiere de los dos movimientos: el relacionado con el  crecimiento, la expansión, la consecución y los éxitos, pero también el que tiene que ver con las pérdidas que todos vamos a tener.

-¿No aceptar el dolor de una pérdida es lo que nos produce un sufrimiento más grande?
-Dolor y sufrimiento son dos cosas distintas. El dolor es una emoción que acaba significando un vehículo necesario para poder afrontar determinadas situaciones de la vida que hacen daño; el dolor es una respuesta biológica. Cuando nos abrimos a él cuesta mucho porque no es algo agradable, pero dura un tiempo limitado. Algo distinto son las posiciones de sufrimiento que significan la negativa a querer aceptar el dolor. Una posición de sufrimiento claro es el victimismo, el resentimiento o la venganza.

-Hay quién cree que el sufrimiento la da ciertos derechos a la vida…
-La persona que se ha instalado en el victimismo cree que tiene derechos: a que la cuiden, a que la satisfagan, a que la compensen, etc. El sufrimiento no genera derechos, su única función es hacer sufrir a los demás, y la única salida es salir de este proceso.

-¿Cómo tenemos que abrirnos al dolor?
-Lo primero que tenemos que hacer es aceptarlo. Tras una ruptura sentimental sentimos muchas cosas, como culpa, rabia, enfado, pero, sobre todo, dolor. Si nos abrimos a estas emociones completaremos el proceso, si nos defendemos de ellas acabaremos tomando posiciones anti vida. Aceptar las emociones que surgen de un proceso de luto o de pérdida es lo que nos mantiene conectados con la vida.

-¿En qué momento los padres tienen que empezar a hablarles a sus hijos de todo lo que comporta la vida, con ganancias y pérdidas incluidas?
-En el libro, la llave simboliza cómo han vivido y viven los padres. Al final, los hijos aprenden cómo los padres viven sus pérdidas y sus momentos gloriosos. Si el hijo ve que el padre o la madre están más identificados con el personaje de ser el presidente de una empresa, y no tienen demasiada humanidad ni presencia, aprenderá que uno se pierde en las ganancias o que se identifica con esta imagen. Si se produce la muerte de un abuelo o abuela, y en la familia se hace un proceso de luto, el hijo se identificará pronto con la naturalidad de las pérdidas y de las vivencias emocionales que comporta. Si pasa algo desgraciado y en casa se comportan como si no hubiera pasado nunca nada y no se habla, ese proceso será mucho más complejo.
-Los padres tienden a proteger a sus hijos de las pérdidas y de los hechos desgraciados. Supongo que es un instinto natural aceptado en nuestra sociedad…
-Sí, pero es una actitud incorrecta. A nadie se le puede evitar nada de lo que sucede en la realidad. Los hijos tienen derecho a vivir la muerte cuando esta se hace presente en la familia, en la vida o en la sociedad. No se puede proteger nunca a nadie de la realidad de las cosas, es una percepción equivocada y que, generalmente, no funciona.

-¿Tener presente la muerte es un requisito para vivir una buena vida?
-Si es como una obsesión cotidiana está claro que no, pero sí como un conocimiento de que la vida es limitada. Hay que decir que lo que nos une con la muerte se va acentuando a medida que las personas se hacen mayores porque queda menos distante. Como dice una amiga mía, “a cierta edad ya no hay tiempo para no ser feliz”. Uno se da cuenta de que el tiempo es limitado y, ante esta limitación, uno queda más confrontado con la realidad de su vida. Negar la muerte es como negar una parte de la realidad  y, no sólo no funciona, sino que es imposible de hacer.
-¿La realidad pasa por inclinarse ante la voluntad de la vida?
-Si hablamos del bienestar o de la felicidad hay una ecuación que combina dos variables: una de ellas es ir con toda la fuerza posible en dirección a aquello que nos importa, la otra variable consiste en saber aceptar la voluntad de la vida, especialmente cuando es distinta a la nuestra. He visto decenas de parejas que quieren tener hijos y los hijos no llegan, o otras parejas que no lo quieren y llegan los hijos. La vida tiene su voluntad y, muchas veces, hace lo que le da la gana.
-¿Ante esta voluntad la única acción posible que nos queda es la aceptación?
-¡Qué remedio! Es la única forma de seguir conectados a la vida. La aceptación no es sólo un pensamiento, es un proceso emocional; cuando pasan cosas difíciles pasa un tiempo hasta que logramos aceptarlo e integrarlo en nuestra vida. Si no hay aceptación lo que queda es la lucha y la oposición. Si algo vemos en terapia es que la mayor parte del sufrimiento humano está basado que en algún momento sucedió algo y las personas se han opuesto a ello y se han quedado en que eso no tendría que haber pasado.  
-Si la voluntad de la vida es tan caprichosa, ¿qué papel tiene en todo esto la exitosa Ley de la Atracción que antas personas hacen suya?
-La Ley de la Atracción es la primera parte de estas variables que antes comentaba. Es importante que nos organicemos bien, que nos preocupemos, que seamos congruentes, que tengamos claro quiénes somos y qué queremos. Lo que sucede es que, según mi opinión, se ha abusado un poco de esta ley y de esta idea tan grandiosa del “yo” que puede gobernar y dominar toda la realidad si organizas su pensamiento. Para mí es falso. Hay veces que la vida actúa de manera desgraciada, así que, por una parte, esta Ley de la Atracción está bien, pero, por otro lado, habría que complementarla con lo que yo llamo la Ley de la Gran Voluntad.

-Da la sensación de que nuestro “yo” está más sobredimensionado que nunca, hasta el punto de que uno suele difundir diferentes realidades aprovechando el poder de las redes sociales. ¿Por qué creamos estos personajes?
-La idea del “yo”, que es una idea del ego, ha ganado mucho prestigio durante finales del pasado siglo y este presente. La idea de un  “yo” grande antes no era tan importante, predominaba el “nosotros”. Ramón Andrés decía el otro día que cuando no entierran ya no sólo entierran restos mortales sino también biografías. Estamos identificados en un “yo” grande porque vivimos en la era de la individualidad. Por otra parte, a nivel social y familiar hay demasiados principios sobre cómo tenemos que ser para ser queridos. Uno de los errores que cometemos es el de la impostura, de identificarnos con un personaje. El peligro es que el personaje no es aquello que nos mueve o que tenemos, es una invención que nos hace creer que nos irá mejor y seremos más queridos y aceptados. En definitiva lo que significa es una traición a uno mismo. Te aseguro que están mucho mejor aquellas personas que se respetan más y que no necesitan disfrazarse de muchos personajes.

-También habla de la inconsciencia como pecado habitual que solemos cometer…
-En la vida también conviene prestarse atención, y esto pasa por aprender a escuchar las sensaciones corporales, la verdad de nuestros sentimientos, nuestras voces internas…Es importante abrir esta conciencia para saber qué nos hace vibrar, qué nos pasa, etc. Los pensamientos están mucho menos sostenidos y no tienen tanta fuerza.

-¿El amor es la principal causa de sufrimiento en el mundo?
-Si no fuéramos mamíferos no sufriríamos tanto. Los seres humanos necesitamos el vínculo, y el más importante que hay en la vida es el que tiene que ver con los afectos y con las personas que queremos, que es lo que determinará luego nuestros guiones de vida. Nos gobiernan los movimientos del corazón.

-¿Es utópico en nuestra sociedad actual hablar de parejas para toda la vida?
-Hay pocas. Hoy en día, es raro que las personas que tienen entre 50 años o 60 años hayan estado con una sola pareja en su vida, como sí que sucedía antes. Algunos autores han acuñado el término de monogamia secuencial, que quiere decir que estadísticamente, cabe esperar que una persona tenga dos, tres o cuatro parejas estables de media a lo largo de su vida. El modelo de parejas para siempre está un poco agotado, también porque el ámbito de núcleo familiar es mucho más complejo que antes.

-Deje que termine con la cita de San Agustín que sirve de catalizadora durante todo su libro: “La felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos da, y dejar marchar con la misma alegría  lo que nos quita”. No sé yo si la segunda parte de la sentencia es un reto excesivamente utópico en nuestra sociedad occidental…
-Es difícil. Está claro que es mucho más sencillo tomar con alegría todo lo bueno que nos sucede, aunque también tenga riesgos. La segunda parte implica hacer el proceso emocional para saber desprendernos de aquello que la vida nos ha quitado, manteniéndonos conectados con la vida y con una cierta cuota de satisfacción y de felicidad.

-Pongamos uno de los peores casos que nos depara la vida como es la pérdida de un hijo. ¿Cómo se explica a los padres este proceso?
-Estoy de acuerdo que es uno de los peores lutos que existen, pero cuando hayan pasado unos cuatro o cinco años, los padres notarán cierta ligereza y alegría, a pesar de la pequeña parte de dolor que siempre existirá. Lo importante es que han vuelto a la vida porque han hecho un proceso. Muchas personas no vuelven a la vida porque se han quedado conectadas a la pérdida y no pueden recuperar la sintonía vital.
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