martes, 22 de abril de 2014

Fracaso escolar

El fracaso escolar muchas veces viene de un exceso de tareas sin sentido. Para que un niño se involucre en el proceso educativo ha de vivir lo que aprende, resultarle interesante, y la mayoría de las veces no es así.

El niño estudia sin interesarle lo que le muestran, sólo para sacar buenas notas, para que sus compañeros o profesores lo valoren, para que sus padres estén orgullosos de él, ...., pero ... nada de eso tiene que ver con el gusto por aprender, nada tiene que ver con la curiosidad innata del ser humano por descubrir más allá.

Lo que aprenden suele ser tan aburrido, mostrado con tan poca creatividad, que matan la futuro interés de ese niño por descubrir el mundo que le rodea, y que si se lo mostrasen de otra manera, igual acabaría maravillado.

Si machacamos a nuestros niños ya desde pequeñitos con deberes abusivos que los soterra en casa a veces sin poder salir a la calle. Si en el colegio las materias a explicar se muestran de forma tediosa, sin involucrar al chaval en el conocimiento. Si hacemos de algo interesante, algo aburrido, .... es normal que exista fracaso escolar. Si quemamos a un niño desde pequeñito, cuando sea mayor y pueda decidir por si solo, dejará todo porque le aburre profundamente estudiar, y eso se podría cambiar. Existen otros modelos educativos con mucho éxito y más actualizados que el español que todavía sigue educando a los niños del siglo XXI como antiguamente. Deberes, chapar, deberes, chapar.....

Dori Pena Gayo - Psicóloga (colegiada G-4975)


viernes, 18 de abril de 2014

Hablar sin hacernos daño



Es complicado reaprender a hablar sin hacernos daño, ya que lo que hemos aprendido desde pequeños es lo contrario, a utilizar el reproche y la culpa como arma defensiva, es decir a sentirnos fuertes a través de boicotear al otro. El que llegue primero a desarmar y debilitar es el que gana, cuando en realidad es todo lo contrario, es el que pierde, ya que pierde el encuentro con otro ser humano, que en mayor o menor medida, le importa.
Esta forma de actuar rompe muchas relaciones de pareja, daña seriamente las relaciones de familia, e impide una relación sana con amigos y compañeros de trabajo, por eso es necesario dedicarle un tiempo de observación a cómo solemos actuar.

Si sentimos que cuando hablamos con el otro estamos en una pelea continua de egos, de búsqueda de poder; si apreciamos que lo primero que nos sale es un ataque o una predisposición a la defensa, es que no hay un diálogo, y algo dentro de nosotros necesita ser revisado.

La forma ideal de comunicarnos con el otro es desde nosotros, desde lo que sentimos, desde nuestro dolor, desde el miedo que tenemos, desde lo que sea que nos pase. Generalmente detrás de la rabia, se esconde dolor, es bueno ir hacia él para que de esa manera no tengamos que usar la rabia como expresión nuestra, el dolor llegará mejor a la otra persona, impidiendo que se sienta invadida, lo que le permitirá escucharnos con cierta relajación.

Si reprochamos a bocajarro algo al otro, generalmente reaccionará defendiéndose o preparándose para el ataque, más que para la escucha. Al invadir de forma agresiva el espacio del otro, éste se replegará silenciándose, o atacará para evitar la invasión, tal cual como una guerra, una guerra de egos; en cambio, si en lugar de eso, hablamos de nuestro malestar, del daño que nos provoca que el otro haga lo que sea, o desde nuestra propia dificultad, la cosa cambiará, ya que nos comunicaremos desde nuestro propio espacio sin invadir el del otro, y eso propiciará la escucha y la reflexión por parte de uno y del otro, al igual que la posibilidad de ver los errores mutuos.

En el desencuentro de dos personas existe un 50% de responsabilidad de cada uno, tan responsable es el que ocupa demasiado espacio, atacando, como el que se repliega, silenciándose. Ambos tienen dificultad para ocupar su propio espacio.


Es importante encontrar una comunicación más sana y fluida en estos tiempos tan necesitados de comunicación desde el corazón, más que desde la cabeza y la defensa. Es una tristeza que lleguen datos tan abrumadores como que el mayor número de suicidios y divorcios se dan después de las vacaciones de verano, o navidades, o que previa a las vacaciones aumenta el número de consultas psicológicas necesarias para enfrentarse al encuentro con la familia que engloba padres, pareja, hijos, suegros, cuñados, etc.. Estos datos hablan por sí solos y muestran la necesidad que hay de un encuentro real, desde el respeto, respetando nuestras necesidades, y las del otro. 


Muchas parejas para evitar el conflicto se aíslan, se silencian, dedican horas al trabajo, se refugian en los niños, huyen en definitiva de un encuentro que puede ser devastador, pero el silencio, la represión, el tragar, no limpia nada, todavía lo ensucia más, ya que toda esa frustración,  ese malestar queda estancado dentro de nosotros, y la agresividad que no sale para fuera, arremete por dentro, generando un daño mayor. De hecho, en muchas ocasiones, de parejas que apenas han discutido, salen divorcios tremendamente agresivos, de tanto acumulado sin expresar.

Por eso, desde el respeto mutuo, y la conversación saludable, sacando para fuera lo que hay, y siempre hablando desde uno mismo, es la forma de ir poco a poco construyendo relaciones más sanas y fluidas.

Dori Pena Gayo - Psicóloga (colegiada G-4975).



(Este artículo lo escribí para la revista saber alternativo, aparece en el nº  26 de dicha revista. Para más información http://www.saberalternativo.es/ .Allí encontrarás más artículos míos, además de mi perfil en colaboradores.)




domingo, 6 de abril de 2014

Claudio Naranjo: "Hay que dejarse en paz"













Tengo 71 años. Nací en Valparaíso 
(Chile) y vivo en Berkeley (California).Tengo la 
nacionalidad estadounidense. Estoy divorciado 
y tuve un único hijo que perdí con11 años. 
Soy psiquiatra, tengo estudios de música y filosofía. 
Soy el creador del instituto Seekers After Truth (SAT). 
Creo que la paz individual es la paz del mundo. 
Creo en Dios

-¿Qué dice usted? 
–Yo digo que somos seres "tricerebrados".
–¿No está siendo demasiado optimista? 
–Verá, dentro de nosotros hay una parte padre:
  jerárquica, impositiva.
 Otra parte hijo: instintiva. Y una parte madre, 
 que es la tribal y amorosa,pero que castra la 
 individualidad.
–¿La parte intelectual, la emocional y la instintiva? 
–Exacto. Lo complicado es armonizar los tres 
  cerebros, que no se produzca tiranía por 
  ninguna de las partes.
–¿Cómo armonizarlas?
–Haciendo nada.
–No me fastidie.
–Debe haber un abrazo entre esas tres partes
  interiores, y una de las posibilidades para 
  conseguirlo es a través del factor espiritual, de la 
  entrega del yo pequeño, de la renuncia a esa 
  necesidad de ser alguien...¿Entiende?
–Más o menos. 
–Hay que hacerse a un lado, abrir espacio 
  en uno mismo.
–Está pidiendo demasiado. 
–Lo sé, no es nada fácil. Debería crearse un 
  nuevo modelo educativo. 
  La educación no educa. La educación es un 
  malentendido. Cuando se dice que educar es 
  enseñar a leer y a escribir se están 
  confundiendo los medios con el fin. El fin debería
  ser el desarrollo de las personas y de su mente.
–Cualquier pedagogo diría eso.
–La familia humana es una estructura autoritaria. 
  El principio de la autoridad del padre es 
  incuestionable porque vivimos dentro de ese 
  sistema patriarcal que no tiene en cuenta la voz 
  del niño, cuyo potencial es castrado desde la infancia. 
  No es una familia democrática, ni se contempla la 
  felicidad como un fin de la cultura y del aprendizaje.
–¿Cómo hacerlo? 
–Hay que cultivar la sed que aparece en todos 
  los adolescentes. Es una sed de trascendencia, 
  de entender el universo y la propia vida, 
  ¿no la ha sentido?
–Sí. 
–En nuestra cultura no hay verdaderas respuestas, 
  están todas acartonadas. Como dice un amigo mío, 
  ya no llueve gracia en las iglesias. La cultura no 
  apoya esa inquietud. La insatisfacción es leída
  como una desventaja en lugar de honrarse como
  esa búsqueda de la verdad que es parte del ser humano.
–¿Propone alimentar las dudas?
–Propongo no dar respuestas hechas. No hay que vender 
  certezas, ni dogmas. Hay que despertar al buscador interior. 
  Lo importante es el camino, el proceso.
–¿Qué tal el suyo? 
–Yo estudié la carrera de Medicina por idolatría a la ciencia. 
  Buscaba conocimiento, pero perdí el entusiasmo cuando
  descubrí que en ese camino no había respuesta a los 
  misterios, que eran directamente negados.
–Insistió bastante, estudió tres carreras. 
–Acabé Psiquiatría, continué con mi carrera de Música, 
  pero sabiendo que la esclavitud del virtuoso era para mí 
  un exceso. La carrera de Filosofía no la terminé. 
  Comprendí que lo buscado es lo mismo que el buscador, 
  que existe una conciencia del yo profundo y que ahí 
  está la armonía.
–¿La vida es una búsqueda o un encuentro? 
–Para mí fue una búsqueda sedienta en demasía. 
  No me satisfizo el conocimiento, ni la vida familiar, 
  ni tampoco el amor. Me topé con una persona que 
  me influyó muchísimo, un escultor, Tótila Albert,
  al que le debo la idea inspiradora de mi trabajo
  sobre la trinidad interior.
–¿Qué le dio?
–Era un maestro de amor. Pero no en el sentido 
  convencional. Ese amor estaba, por ejemplo, 
  en la forma en que limpiaba los discos antes de ponerlos, 
  la forma cuidadosa con que hacía las cosas en 
  cada momento. Tenía calidad de ser y aprendí a reconocerla.
  Más que un aprendizaje, lo que le debo es una bendición.
  Es a través de comprensiones muy sutiles como nos construimos.
–¿Ha dejado de buscar?
–Sí, me dejo fluir. He tenido maestros de todas las 
  tradiciones orientales fundamentales, y lo que me han 
  transmitido es el sabor de una verdad que no tiene que ver 
  con el intelecto ni con la emoción. Si le tuviera que poner 
  un nombre, sería el sabor de la nada. Cuando uno se 
  vacía, le llegan todas las riquezas. En realidad, si tengo algún
  secreto, es simplemente el de confiar más en la vida.
–¿Y qué le abrió el corazón?
–La muerte de mi único hijo a los 11 años. Lloré sin parar 
  durante dos meses. Era una experiencia de intenso amor
  un poco retardado:  la tragedia de no haber estado por él 
  mientras lo tuve.
–Somos muy torpes.
–Ese llanto paró súbitamente un día en que hice una  
 clara reflexión: 
  "¿Estoy llorando por él?". Tenía claro que no, porque 
  sentía que él estaba mejor que yo. "¿Estoy llorando por mí, 
  por haberme quedado solo?"... Si era sincero sabía que no, 
  porque había pasado largas temporadas sin verle.
–Entonces, ¿por qué lloraba?
–Me di cuenta de que no había razón para llorar y empecé 
  a sentir una presencia suya mayor que cuando estaba vivo. 
  La felicidad sólo depende de un estado interior.
–¿Cómo se cultiva?
–No identificándose ni con los pensamientos ni con las 
  emociones. Idealizamos las pasiones: el orgullo, el amor. 
  Queremos ser héroes, victoriosos o vencidos, somos muy
  vanidosos. Las pasiones son intrínsecamente egoístas 
  y productoras de infelicidad. Hay que poner en paz a los
  animales que nos habitan. Hay que dejarse en paz.
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